El Eternauta la historia indomable II, por José Urriola

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Esta parte del relato podría llamarse “Nuestro propio y personal Eternauta”. Prometo ajustarme a los hechos tal y como los recuerdo (o como juro haberlos vivido). Antes de sentarme a escribir estas líneas sepan que he entrevistado a mis compañeros de travesía intentando contrastar las memorias, buscando la manera de llenar mis vacíos con recuerdos prestados. La misión fue absolutamente estéril, esa gente no se acuerda de casi nada. Yo que temo tanto por mi sanidad mental, quedo ahora preocupado por las cabezas de ellos.

En diciembre de 2002 -pleno verano austral- nos aprobaron un modesto presupuesto para hacer una serie de documentales y micros sobre la historieta en Latinoamérica. El primer destino sería Buenos Aires. Era lógico comenzar por el principio. Había que ir a buscar al detonante y responsable de todo aquello: El Eternauta. El presupuesto, insistamos en ello, sería realmente ajustado. Lo estrictamente suficiente para comidas, transporte y alojamiento en un hotel humilde en el barrio conocido como Once. “Cuidado por las noches que aquí, en esta zona, pasan cosas” (eso dijo el taxista al depositarnos junto con las maletas sobre la acera y arrancar el auto con un acelerón).

Pero bueno, a caballo regalado no se le mira colmillo. Aquel viaje era un sueño y soñada durante años era también la misión que traíamos. Y sí, resultó un sueño, ciertamente. Pero un sueño raro, fragmentado, absurdo, a veces perturbador o simplemente inenarrable. De esos sueños que le cuentas al psicoanalista y de pronto te interrumpe la sesión: “Mire, vaya a soñar algo que sirva y regrese con eso mejor organizado”.

Digamos que todo comenzó con una tos crónica que súbitamente se apoderó del asistente de cámara. Ese pobre loco tosía y tosía hasta que –sabia decisión– decidimos asesorarnos con alguien que supiera: un taxista. Un taxista que tosía peor aún. Un tipo al que casi no le salía la voz. Y el tipo fumaba y tosía y manejaba y bramaba con la voz que tendría un búfalo: “Tomá no-sé-qué-cosa, che, tres veces al día, o cuando tengás mucha tos. Anotá ahí: No-sé-qué-cosa en jarabe”. Le hicimos caso. Ahora teníamos a un asistente con menos tos, pero dopado, con muchísimo sueño. Se quedaba dormido hasta parado. Se recostaba de una columna y chao. De manera que en un punto le dijimos: “Pana, si quieres quédate y descansa, te curas de esa gripe y en tres días estarás como nuevo. Tranquilo que nosotros nos encargamos”. Y nos fuimos a hacer entrevistas y tomas que nos sirvieran luego para el montaje mientras el asistente de cámara dormía en el hotel. Bueno, eso creíamos nosotros. Resulta que este loco, encerrado y muerto de aburrimiento, desarrolló un síndrome similar al del personaje de La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock. Se dedicó durante horas de ocio a mirar (sin grabar jamás) a través del teleobjetivo de la cámara a azoteas, balcones y ventanas de los vecinos. Y se obsesionó con una en particular. La vista a una habitación donde entraba gente, se cambiaba de ropa y volvía a salir. Inmediatamente entraba otra persona, se probaba ropa, se miraba en un espejo de pared y salía para darle paso a otra. En un punto ya el resto del mundo, lo que se hallaba fuera de su campo de mira, no tenía ningún interés para nuestro amigo. Él solamente quería ser el voyeur que miraba agazapado edificios. La vida consistía ahora en un habitar silencioso en esa ventana de algo que parecía ser una elegante casa de citas. Hasta que un día –después de invitarnos a asomarnos uno a uno por el visor que daba a su muy particular ventana indiscreta– nos dijo: “Pero ustedes no están viendo bien… fíjense en el fondo. Esa gente está en una biblioteca”. Y era verdad, ese lugar que parecía el probador de una casa de citas estaba forrado de pared a pared, del piso al techo, con libros finamente cubiertos como en terciopelo. Mostazas, verdes, rojos, azules. Lomos perfectamente alineados de enciclopedias; aquello, ahora bien visto, parecía una inmersión cromática de Cruz-Diez pero con desnudos.

La cosa se estaba poniendo rara, había toda una ciudad allá afuera, más de veinte entrevistas concertadas, no nos podíamos pasar dos semanas atrapados en esa ventana. Así que, como la tos ya se había ido (punto para el taxista-farmaceuta), a partir del día siguiente nuestro asistente se sumaría a las grabaciones. El problema seguía siendo lo del sueño crónico. El tipo se quedaba rendido sobre el plato de cereal. Pero ya se resolvería.

Nos fuimos a entrevistar a Carlos Trillo, uno de los autores más notables y prolíficos del cómic argentino. Un grande (no sabía que había muerto en 2011, me acabo de enterar y me quedé tan triste). Nos recibió en su pequeño y luminoso apartamento decorado con esmero y buen gusto. Aquella entrevista duró varias horas. Un caballero, un tipo espléndido. Un gustazo escucharlo hablar. Qué persona para saber tanto de un tema y explicarlo con esa simpleza que es manifestación de sabiduría. Todo iba sobre ruedas hasta que comenzó a oler a quemado y de pronto la sala se llenó de humo y el tomacorriente donde estaban enchufados nuestros equipos comenzó a soltar chispazos. Casi le quemamos la casa a Trillo. A lo mejor esto se hubiera podido prevenir, pero es que nuestro asistente se había quedado sobado, como un tronco, echado en un cómodo sillón junto al enchufe que había hecho cortocircuito. Sin embargo, Trillo no perdió la compostura ni la sonrisa, nos invitó a comer algo que regamos generosamente con unas copas de vino. Regresamos al hotel con las ropas todavía oliendo a plástico chamuscado.

Esa noche todos salieron, pero yo preferí quedarme en el hotel. Porque yo, para variar, en esa época no dormía. Tenía un insomnio ancestral, como si en mi ADN estuviera inscripta la imposibilidad de conciliar el sueño. Entonces decidí tomarme apaciblemente unos vinos en la habitación y meterme una pastilla de Zolpidem (no, mejor dos), un hipnótico bueno para sedar caballos. Yo juraba que me había dormido. Eso pensaba, hasta que me desperté al día siguiente y cuando fui al baño me enfurecí al ver que todo estaba lleno de montículos de galletas de chocolate. En el piso de la ducha, en las esquinas de la habitación, a los costados de la cama, en la entrada del baño. Eran como pequeños intentos de monumentos para comunicarse con los extraterrestres, algo parecido a lo que hacía el personaje de Encuentros cercanos del tercer tipo, de Spielberg, al reproducir con puré de papa la montaña donde se daría el encuentro entre los mundos. Bueno, lo mismo pero con galletitas de chocolate. Le reclamé a Bujía, mi compañero de habitación: qué era eso, por qué habían hecho ese desastre. A lo que me respondió: Mira, pedazo de gafo (no dijo eso, dijo otra cosa que no puedo poner aquí), anoche cuando llegamos te encontramos en el lobby del hotel descalzo diciendo que te ibas a comprar chicharrón y nos fuimos contigo hasta la tienda de la esquina, la que abre 24 horas, y te compraste una bolsa de galletas de chocolate jurando que era chicharrón. Te comiste media bolsa en la tienda. Con la otra mitad hiciste esta especie de instalación por todo el cuarto.

Menos mal que hay momentos de la vida en los que uno, aunque esté ausente, tiene testigos que le ayudan a armar la historia.

Así que, por un lado, teníamos un problema de alguien que se quedaba dormido y, por otro, el de alguien que no dormía (o que cuando pensaba dormir hacía cosas muy extrañas). Todo esto se complicó exponencialmente cuando culminamos la entrevista a un joven autor de cómics, una estrella en ciernes que ese año acababa de estrenarse en el diario La Nación: Ricardo Siri “Liniers”. Y es que Liniers insistió en tomarnos unos mates, y como bien nos había dicho recientemente el amigo Wincho Schafer: “Si la abuelita de tu pana te invita un cafecito, no seas cabeza de ñame y te tomas el cafecito”. Liniers no era abuelita de nadie, pero quería tomarse unos mates con nosotros y uno no va a salir con la descortesía de decirle: “No, gracias, yo no tomo eso”. Uno se toma el mate y punto. Pero he allí el detalle: nos tomamos diez. Una locura. Salimos de esa casa eléctricos como si tuviéramos la hemoglobina mezclada con algo radioactivo. A partir de ahí no dormimos más. Ninguno.

Ricardo-Siri
Ricardo-Siri

En esas condiciones pasamos noches en vela. Oyendo el “Siempre es hoy”, de Cerati, que acababa de salir al mercado y estaba por todas partes en las discotiendas de la calle Florida. El disco, a primera oída, nos pareció raro. A la segunda, bueno. A la tercera, una obra maestra monumental, una gema, lo mejor que había hecho en su vida; solo comparable con algunas cosas de sus tiempos con Soda Stereo. Así que nos pasamos noches oyendo en loop lo último de Cerati mientras redactábamos el menú imaginario de la casa de citas-biblioteca de nuestra ventana indiscreta. Un lugar donde uno después del acto se quedaba, en una suerte de sobremesa postcoital, hablando de los ensayos de Borges, del rizoma de Deleuze y Guattari, citando de memoria pasajes de La invención de Morel o escuchando a tu interlocutora recitar los versos de Alfonsina Storni. Una cosa que fuera, en igual medida, alimento para la carne y para el cerebro también. El paquete completo.

El problema ahora era que los que no estaban entrenados en las duras artes del insomnio al día siguiente no valían medio. Eran como muertos en vida. Una gente que se arrastraba por ahí sin ningún norte ni consciencia. A los insomnes nos resulta muy divertida la gente que necesita ocho horas diarias para dormir. O que se acuesta y pone la cabeza en la almohada y se queda dormida. Qué cómico debe ser vivir así.

Bueno, pero a hacer de tripas corazón, pues tocaban platos fuertes en los días que restaban. Se venían las entrevistas a Juan Sasturain (escritor y conocedor de la historieta como pocos), Pablo De Santis (otro peso pesado de la investigación y creación del cómic argentino), a los autores Judith Gociol y Diego Rosemberg (quienes habían publicado el libro La historieta argentina. Una historia) y, para cerrar con broche de oro, el gran Francisco Solano López (el hombre que le puso imagen al mítico El Eternauta, escrito por Héctor Germán Oesterheld).

Judith-Gociol
Judith-Gociol

Judith Gociol. Fotografía de Mauro Rico | Ministerio de Cultura de la Nación

Durante la entrevista con Judith Gociol, que nos atendió en su casa, había una hermosa pequeña de unos cinco años de enormes ojos azules (imaginamos que su hija) que nos miraba mientras instalábamos todos los equipos y hacíamos las pruebas de sonido a su mamá. Y de pronto Bujía, atontado por el sueño, se ha recostado del saliente de un escritorio adosado a la biblioteca y con su peso ha tumbado la mitad de la sala. Los ojos de la niña, su manera de decir: “Nos destruyeron la casa estos venezolanos”; qué imagen inolvidable. La mitad de la mañana se nos fue rearmando el mueble y recogiendo el reguero.

Con Pablo De Santis nos pasó que no encontrábamos la casa. Pasábamos por el lugar una y otra vez, pero no existía, ese número definitivamente no estaba en esa calle. Hasta que salió a buscarnos y cuando lo vimos, haciéndonos señas, estaba frente a una entrada que se había materializado en ese preciso instante porque, lo podemos jurar, habíamos pasado por ahí al menos diez veces y esa casa simplemente no estaba allí.

Con Juan Sasturain –en medio de su apasionante disertación en la que vinculaba las páginas de El Eternauta con la dictadura militar y con el funesto destino de Oesterheld– en pleno ritual, en medio del trance en el que se hallaba Sasturain y nos había sumergido a nosotros, algo rarísimo pasó en Buenos Aires: de pronto se ocultó el sol. Es absolutamente en serio. Era de día y en un instante algo enorme se interpuso entre la luz solar y la ciudad, de pronto todo era oscuro y lo único que se veían eran las luces reflejadas en los lentes de Sasturain y un destello en su pulida frente. Cuando por fin la nube de tormenta (o la nave nodriza) se hizo a un lado y volvió a ser de día, nos dimos cuenta de que llevábamos un buen rato en un estado de existencia suspendida y sin respirar. Desde ese momento Sasturain fue para nosotros “el hombre que tapó el sol”.

Juan-Sasturain
Juan-Sasturain

Juan Sasturain. Fotografía de Juan Mabromata | AFP

Finalmente nos tocó ir a casa de Solano López, el otro padre de la criatura: nos recibiría en el mismo estudio y detrás de la mismísima mesa donde había dibujado El Eternauta. Ahí estaban sus carboncillos, su papel, sus plumones. Solano estaba dedicado ahora al cómic erótico. Una especie de Milo Manara pero con motivos más porteños. Solano López, otro de la raza de los sabios humildes, nos concedió una de las mejores entrevistas que haya tenido en mi vida. Nos habló como quien le habla a un amigo de la infancia, para contarle la verdad sobre algo que había pasado hacía mucho pero que después de eso ya nunca nada sería igual. Eso sí, cada cierto tiempo nos decía en una especie de susurro cómplice: “En cualquier momento viene mi novia y entonces tendremos que terminar la entrevista, que estamos de aniversario y vamos a celebrar”. Cuando finalizó la entrevista sonó la puerta, alguien que entraba porque tenía llave, e irrumpió en el estudio la novia del dibujante: una mujer despampanante que definitivamente era la modelo de los cómics eróticos que ahora hacía Solano López. Qué grande el viejo. Casi le hacemos la ola.

Regresamos a Caracas con todas esas cintas y cargados de anécdotas, pero a las pocas semanas hubo una reestructuración en nuestro departamento: la alta gerencia decidió que no había tiempo ni dinero para la postproducción de los programas sobre la historieta latinoamericana. Eso quedaba indefinidamente congelado y engavetado. Años después nos enteramos de que todas esas cintas habían sido borradas y recicladas. No había quedado ni un miserable minuto de todo lo que habíamos grabado mientras intentamos dar caza a El Eternauta.

Lo único que queda de todo eso son estas líneas que necesitaba escribir. Esto es lo que me dejó el inasible Eternauta. Este es mi humilde e inservible documental. Es la única historia de él que tengo y que puedo contar.

Jose-Urriola
Jose-Urriola

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