Cuando la información se oculta, la realidad habla, dijo Fabiola Vethencourt

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Los modelos autoritarios viven un segundo aire en América Latina y el resto del mundo. Regresan con un renovado discurso político, pero con la mecánica del Gatopardo. Cambiar una élite por otra, sin modificar la estructura extractiva de la política. Es decir, cambiar de rostros o de máscaras para que todo siga igual.

Antes que el desarrollo económico, la prioridad en los países tercermundistas, incluida Venezuela, debería ser el modelo político. Sin institucionalidad, sin un Estado para todos, no es posible superar la pobreza ni la desigualdad. Que no se crea que los seis millones de venezolanos que emigraron del país lo hicieron para recuperar un estilo de vida perdido, es más que eso. Van a rescatar su dignidad como personas, a construir futuro y a ser tratados como ciudadanos. De esto habla, tanto en su conferencia organizada por Cedice Libertad como en esta entrevista, Fabiola Vethencourt*.

Quisiera empezar por la cita que hace en su ponencia sobre “el irresistible encanto del modelo autoritario de China” y cómo irradia en los países, en los que no se ha podido construir una democracia sólida ni instituciones robustas. Diría que en casi todos los países de América Latina que oscilan entre periodos democráticos y dictaduras militares. ¿Cómo es que China nos seduce? 

No sabría decir, aunque no me incluyo en el nos, en qué medida nos atrae esa idea. En realidad, no se trata de una tesis novedosa. Ya era muy conocida a fines del siglo pasado. En gran medida, divulgada por el ex primer ministro de Singapur, Lee Kuan Yew, quien sostenía y debatía en el seno de los organismos multilaterales “que las libertades políticas no eran una prioridad en los países pobres, que la negación de dichas libertades es necesaria para el aceleramiento del crecimiento económico”. Obviamente, existe una fantasía, que el desarrollo puede alcanzarse “poniendo orden en la casa” sin el ejercicio de las libertades políticas. Pero la tesis que sostienen los autores del libro “¿Por qué fracasan los países?” va en la dirección opuesta: no se alcanza un desarrollo económico sostenible si no existen libertades políticas. Quiero hacer énfasis en la palabra sostenible. En la extinta Unión Soviética, por ejemplo, hubo crecimiento de la industria pesada (acero y cemento, entre otros rubros, pero no se sostuvo en el tiempo, más bien colapsó. En los países que disfrutan de libertades políticas existe el concepto de “la destrucción creativa”, según el cual tiene que haber innovación tecnológica y eso es lo que produce un nuevo arreglo de la producción y también de las élites, políticas y económicas.

Un ejemplo reciente sería la revolución tecnológica y a partir de ese cambio uno ve a personajes como Bill Gates o Jeff Bezos, quienes impulsan una nueva ola de crecimiento.  

Actores que impulsan una “destrucción creativa”, dentro de un marco institucional, sin el cual sería imposible llevar a cabo esa transformación, que, sin duda, tuvo un impacto muy significativo para la economía de los Estados Unidos, pero también para la de otros emprendedores, así como para el desarrollo de nuevos talentos, en la medida en que se abre un mercado y se generan oportunidades. ¿Pero qué se necesita? Garantías de la propiedad privada y un estado de derecho. Una estabilidad, tanto política como económica. En un escenario autoritario, no puedes aventurarte, te refrenas, porque pendes de un hilo y las expropiaciones, por ejemplo, son una espada de Damocles.

Usted refiere el caso opuesto, citando a los autores del libro. La otra cara de la moneda sería el magnate mexicano, Carlos Slim. ¿Realmente existe una gran diferencia entre el señor Slim y el señor Gates? No estoy tan seguro. Las diferencias, más bien, las marcan los dos entornos, los Estados Unidos y México.

Los dos quieren monopolizar el mercado, los dos quieren sacar a todos los actores del juego. La diferencia estriba en el estado de derecho que rige en Estados Unidos versus el estado de derecho que impera en México. En el primero, las normas son robustas y en el segundo, débiles.

¿Cuál es el sistema operativo de su computadora? ¿Windows? No conozco a nadie que tenga un sistema operativo distinto. De alguna manera, el señor Gates monopoliza el mercado, sea por innovación o por competencia y el señor Slim hace lo propio en el mercado de telefonía celular de su país con su empresa Telcel. ¿Realmente funcionan las instituciones políticas para impedir las tendencias monopólicas? 

El señor Bill Gates ha tenido que ir ante las instituciones de Estados Unidos, ante las instancias antimonopólicas y ha tenido que pagar multas onerosas, sus empresas se encuentran bajo el radar y el monitoreo de la institucionalidad de su país. Sabemos que en los países donde el estado de derecho es débil funcionan mecanismos clientelares y los intereses de las élites reducidas. La multa según los autores del libro, quizás no era lo deseable. Pero el hecho es que ha tenido que rendir cuentas, ante autoridades que se hace valer. No creo que sea el caso del señor Slim. Lo que ocurre en los países donde no hay un sistema de instituciones inclusivas, digamos, es que lo que llamamos el interés público es secuestrado por los intereses particulares de las reducidas élites que comparten el poder.

En el caso de Venezuela esa característica viene de lejos, de la colonia. Tenemos el caso de la Compañía Guipuzcoana. Mayor monopolio imposible. Nosotros tenemos una gran tradición en las intervenciones, en la creación de monopolios y en la transferencia de recursos públicos a grupos privados.  

Hay una categoría, la deriva institucional, donde ese precedente que mencionas y otros monopolios que tenemos en nuestra historia nacional, generan como una suerte de acumulación de experiencias y conductas que precondiciona las posibilidades, ya sea de las instituciones inclusivas o de las instituciones extractivas. Pero en la historia la relación causa efecto no es unilineal, aunque sí ejerce influencias.

¿En los regímenes autoritarios, por lo general, la ciudadanía ha sido víctima de la extracción de sus recursos, de sus iniciativas, de sus capacidades? 

Las instituciones extractivas se dan en los países, en las sociedades, donde un pequeño grupo de personas se apropia de la riqueza y los recursos de un grupo distinto a quienes detentan el poder. Los ejemplos sobran en América Latina. Y cuando funciona ese modelo político, los individuos, por ejemplo, pierden sus ahorros por una moneda que pierde todo su valor, donde, además, las instituciones encargadas de prestar la seguridad social han sido desmontadas o convertidas en cascarones vacíos. Entonces, por supuesto, estos modelos expresan, con mucha fuerza, la realidad que se vive en esos países.

En plan de bolero diría: nuestra dura y triste realidad. 

Otra cosa, a mi juicio interesantísima, es que cuando existen instituciones políticas extractivas, lo que ocurre es que se propicia una lucha por el poder entre grupos que quieren acceder al control institucional y la toma de decisiones. Entonces, cuando hay una revolución, lo que ocurre es un cambio de élites en el juego del poder. Pero no hay una apertura del juego a instituciones inclusivas, porque eso supone la incorporación de una ciudadanía con derechos y deberes, además de un juego político donde hay libertad de expresión, libertad de reunión, de asociación. Un conjunto de libertades políticas que generan el predominio del llamado interés público. O de “la voluntad general” como lo definía Rousseau. Pero eso siempre se ha puesto en duda. Lo que existe son grupos forcejeando por el poder. Eso es cierto. El problema es cuando se cierra el juego al amplio espectro de la sociedad. Y creo que eso es a lo que está apuntando usted en este momento.

Uno se queda como un simple espectador, un convidado de piedra en el juego político. Que hablen unos pocos en nombre de los demás. 

Sí, como un simple espectador, donde no existen los mecanismos de participación, donde no hay discusión pública de los temas que nos atañen a todos, ni tampoco la acción política propiamente dicha. Sin libertades políticas, no hay mecanismos de prevención temprana de lo que serían los desastres provocados por las decisiones que se toman en las esferas del poder. Amartya Sen, Nobel de Economía, lo demostró en forma convincente, al comparar lo que ocurrió con las cosechas de cereales en India y China. A partir de 1947, año en que India se independiza de la corona británica, se instaló de inmediato una democracia parlamentaria multipartidista. India padeció la hambruna ese mismo año. Se estima que murieron tres millones de personas. En cambio, en China, donde gobernaba el régimen comunista de Mao Zedong, se produjo la mayor hambruna de la historia (1958-1962), tras el fracaso del “Gran Salto Adelante”. Murieron 30 millones de personas. La conclusión de Sen es que China no contaba con un sistema de prevención inmediata, en virtud del sistema político, francamente totalitario. En cambio, en India, donde funcionaba un parlamento independiente y el ejercicio de la libertad de expresión, la hambruna no alcanzó las dimensiones de China, justamente, porque funcionaban el juego democrático y las libertades políticas.

¿Cuál sería la situación de los países donde no hay un pepito de carne o pollo, pero hay pan?

¿Podría ser más específico?

En los países donde no se registra la hambruna propiamente dicha, pero sí una restricción alimentaria severa.

Déjeme citar el caso de una nación muy próxima, allí se produjo un daño generacional por desnutrición infantil. Niños que, por la desnutrición temprana, no pueden desarrollar sus capacidades y habilidades cognitivas. ¿Cómo se demarca la frontera entre la hambruna y la desnutrición? A través de las estadísticas y del acceso a la información pública, pero eso no es posible donde hay una opacidad completa. Entonces, la tesis de Amartya Sen es totalmente opuesta a la del señor Lee. Las libertades políticas, más allá del peso valorativo que tienen por la dignidad humana y por el auto respeto a los individuos, tienen un poder instrumental. Funcionan, como lo señala Sen, como un mecanismo de prevención temprana a los desastres naturales, a los desastres económicos, a los desastres de salud. Ahí estriba la diferencia, porque la gente se puede expresar mediante el ejercicio de la libertad de prensa y la libertad de información. Pueden presionar a sus dirigentes políticos para que respondan a sus problemas. Sin esas libertades, lo que hay es propaganda y un encubrimiento de las realidades.

El paraíso del hombre nuevo, pero ya lo había dicho una ucraniana en medio de la guerra. “No queremos que venga, porque ya conocemos el mundo de mierda que nos trajeron del norte”. 

Cuando la información se oculta, la realidad habla. Todos tenemos familiares o amigos cercanos que contrajeron el covid-19, pero los números oficiales no se correspondían con esa realidad. No había una correlación entre las cifras oficiales y el entorno de cada quien.

Otra cosa llamativa de su ponencia es la diferencia entre Nogales norte, en Estados Unidos, y Nogales Sur, en México. Una ciudad separada por una valla. Sin embargo, se trata de una misma población y una misma geografía. Las diferencias, entre una y otra, en cuanto al ingreso, la generación de riqueza, el acceso a la educación o a la salud son significativas. Podría hacer una comparación similar entre el Country Club y Chapellín, dos sectores de Caracas separados, no por una valla sino por una quebrada.

Pudiéramos decir, grosso modo, que los sectores desposeídos vivirían la realidad de Nogales sur, por efecto del modelo político extractivo. Un Estado que abandona a sectores de la población, que no les ofrece acceso a servicios elementales, como salud y educación y tampoco oportunidades para superar la pobreza. Un Estado que ni siquiera garantiza la seguridad pública. Todas las sociedades extractivas tienen Country Club y Chapellín. Quizás por una razón, aunque no es la única. Bajo el modelo extractivo hay un grupo muy reducido que accede a privilegios, tanto económicos como políticos y otro grupo, francamente mayoritario, que está excluido y del cual se extraen los beneficios para alimentar los beneficios de los privilegiados. Pero el contraste entre Nogales norte y Nogales sur, precisamente, es entre dos formas de organizar la economía y la política dentro de una sociedad y de cómo funciona la institucionalidad democrática, de su fortaleza o debilidad. Cuando la ciudadanía está aplastada es porque no hay instancias ante las cuales puedan procesar y dirimir los asuntos públicos. Uno de ellos es la justicia.

En las sociedades extractivas, las élites entienden que el Estado ni es neutral ni es para todos. 

Sí, y tarde o temprano, la lucha por el poder político deviene en una revolución. Pero la estructura política, el modelo extractivo, sigue intacto. Lo novedoso, digamos, es que una élite reemplaza a otra. América Latina ha sido un gran laboratorio de esta dinámica. De allí la deriva institucional que viene desde la colonia. Es decir, la interacción entre las colonias de Norteamérica y la corona inglesa y la interacción entre las colonias hispanoamericanas y la monarquía española. De ahí viene esa bifurcación.

¿Por qué es necesario que la sociedad venezolana encuentre espacios para discutir y examinar su realidad política? ¿Por el hecho de que no tenemos una institucionalidad sólida? ¿Por qué el país está a la deriva? ¿Por qué la crisis política se ha prolongado tanto tiempo?

Definitivamente por una conjunción de todos esos factores. Nosotros estamos viviendo unos tiempos que ni en el arco de vida suyo o mío habíamos visto. Y uno de los cambios dramáticos es la migración. Ahora, y quiero subrayar esto, más de seis millones de venezolanos, se han tenido que ir a otros países buscando una vida más digna, queriendo construir futuro y, además, ser tratados como ciudadanos.

Licenciada en Filosofía. Doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Central de Venezuela. Maestría en Políticas Públicas por la Universidad de Maryland (EE. UU.). Docente e investigadora (UCV) por más de tres décadas. Exdirectora de la Escuela de Filosofía en esa casa de estudios. Autora de Rawls y la moral kantiana (UCV) y Justicia Social y Capacidades (Banco Central de Venezuela). Conferencista en Congresos Internacionales, en temas de ética y filosofía política.

Hugo Prieto – Prodavinci