Rafael del Naranco: El extraordinario pasmo de vivir

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Con el mismo embeleso  que miramos el cielo protector, nos sugestionan  los incalculables misterios del Cosmos. Nos hace insignificantes. Una fútil gota de escarcha.

Los secretos de nuestros orígenes nos indican que desde el instante de la creación, cuando recomenzó la luz, el tiempo, y con ello el espacio colmado de  hados y planetas, hasta llegar al ser humano, nos seguimos preguntando de dónde venimos, qué somos y  hacia adónde marchamos, al ser un condimento del prodigio astral.

A partir  de una pequeña ameba empujada a buscar bacterias para alimentarse y comenzar el ciclo  de los primeros organismos multicelulares, surgieron los forjadores de la existencia inconmensurable de la que formamos parte.

El planeta Tierra, tal como la conocemos,  y sobre ella hoy   la Rusia de Putin  amenaza lanzar bombas nucleares de la última generación a desmadre de la guerra  contra Ucrania, muestra existencia se sería  menguada y,  aún así,   no desaparecerá totalmente la vida. Varios  insectos  y escorpiones pueden vivir con una alta tasa de radioactividad.

Las hormigas  tan insignificantes antes nuestra mirada, han poblado la tierra  durante millones de años. Los humanos, solamente cien mil generaciones.

Es cierto. Ellas apenas han evolucionado en toda esa inmensidad de  existencia. Nosotros, seres pensantes,  hemos experimentado la evolución  más compleja y  progresiva. Somos  la primera especie que se ha convertido en una fuerza geofísica, al alterar y demoler ecosistemas y  perturbar el  clima que nos mantiene dinámicos.

Y con todo, si desapareciera  la humanidad, se recuperaría de nuevo la savia sobre el planeta y de nosotros no quedaría ni una brizna. Somos frágiles, pero actuamos con la prepotencia de lo eterno.

Amplios grupo ecologistas  le pide a los gobierno una reducción drástica del C02 a la atmósfera; prohibir la exportación de los residuos tóxicos y de las tecnologías contaminantes; abordar las causas reales de la destrucción de los bosque, y establecer el abandono progresivo de la energía nuclear. Nadie parece escuchar ese gravísimo  SOS.

Nuestra Tierra se halla enferma, pero aún   no muerta al completo.  Ella, a lo largo de su  existencia, ha soportado todo tipo de calamidades moribundas, y aún así, sigue ahí, combatiendo contra los elementos que forman parte de su presencia vital.  Y ahora, nos llega  la necesaria y urgente interpelación que debemos hacernos todos los humanos: ¿Será siempre así?

Nuestros  ojos, más que al suelo,  observan  la misteriosa bóveda celestre, lugar  en que los dioses  del Olimpo depositan las almas humanas, y afloran  en ellos nuestras lágrimas  de cada día.

rnaranco@hotmail.com