Rafael del Naranco: Ese cine con trapecio sin red

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Para apaciguar el tedio y una fiebre que no me abandona hace semanas, como si levantara entre las bisagras del cuerpo un quejumbroso sudario, he leído – menos que eso, revisado –  unos cortos apuntes de Alfred Hitchcock, envueltos – así era el personaje – en sutilezas, pavura en suspenso, dentro de una dosis  de atracción casi mítica, ya que el británico asumía la perspicacia de hacer del sobresalto una manera de vivir.

De él, si mal no recuerdo y la mente no me traiciona, solamente he visto “Los pájaros” “Psicosis” “39 escalones” y “Rebeca”, y esto en tiempos lejanos, es decir, cuando las película eran en blanco y negro y con esos dos matices se creaba sobre el espíritu un amplio pentagrama de irisaciones de luz.

Hacia el año 1963, cuando hizo “Los pájaros”, todos, inexplicablemente,  nos asustamos a pesar de pertenecer a una generación de la posguerra con lo doliente y siniestro que eso significaba. En ese tiempo precioso nos dimos cuenta del nacimiento  de un mago del regodeo, aunque había colocado turbación por todos los poros de las escenas  desarrolladas en   la pantalla.

Nadie lo entendió en los primeros albores, pero de una familia católica, en un país protestante, Inglaterra, le vino al chiquillo un sentido de la disciplina estricto, mientras en el colegio de los jesuitas de Essex  sintió  la represión. También las dudas y la soledad.  Un combinado difícil de asimilar para un joven soñador. Por eso en su biografía  hay estas palabras: “El miedo ha influido en mi vida y mi carrera.”

La estricta moralidad represiva de su entorno familiar lo fue puliendo hasta convertirlo en un inmaduro introvertido repleto de extrañas culpabilidades. No es casual que esa opresión aparezca posteriormente  en forma de fetichismo en cada paso de su obra.

Uno suele ser siempre imagen y semejanza de las experiencias que padece.

En ese instante sintió una  obsesión por la trasgresión. Acudía todos los días al Museo de Scotland Yard de Londres, para ver  la escenografía de grandes criminales y sus historias. También coleccionaba todo lo que los diarios publicaban sobre asesinatos. Llegó a tener miles de fichas, un gran apoyo para los guiones cinematográficos que después realizó.

En el campo literario, Edgar Allan Poe y su poema “El cuervo” lo marcaron, mientras Luis Buñuel, Jean Cocteau – “Los niños terribles” – y Epstein,  lo  laceraron hasta marcarlo.

El cine es manejar al espectador para someterlo al ritmo de la historia que se cuenta.  Alfred Hitchcock lo hizo, y yo aún hoy, no viendo películas, sigo atrapado en su alto  trapecio sin red.

rnaranco@hotmail.com