Marina Ayala: La intimidad

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La intimidad esa palabra que el venezolano pareciera no entender y que irrespeta hasta límites hirientes. En estos días que tuve que defender lo mío, lo sagrado; tuve, prácticamente, que esconderme y resguardarme de curiosos preguntones, quedé con un mal sabor de esa característica nuestra que tanto elogiamos “qué simpáticos y sociables somos”. No, lo que somos es “metiches” faltos de límites, desconsiderados. Y si no son preguntas las que se formulan por simple curiosidad son recetas del buen proceder en casos límites de dolor. De repente los demás se tornaron amenazantes y hostiles. Mira que hice esfuerzos para no herir y alejar con elegancia, no siempre resultó para recibir la sentencia Inmediata de un “estas insoportable”. Pero en estas situaciones eso no importa lo más mínimo, lo que importa es no terminar de enloquecer. Sin embargo, no tengo como agradecer la compañía discreta y cálida principalmente de mis hermanas.

Mucho se habla de otras culturas que catalogamos como de “seres fríos” “lejanos e indiferentes” hoy la vida me dio un vuelco y estoy viendo desde otros ángulos. Viví en Inglaterra y pude experimentar el trato con personas prudentes y con límites bien establecidos. Quizás no supe entender a cabalidad esa forma dulce y lejana de conducirse, hoy quisiera decir que los entiendo cabalmente y los observo en la distancia con total respeto. Con ellos trabajé, estudié y disfruté de reuniones sociales y conversaciones de alto contenido cultural. De ellos aprendí y ellos me ayudaron con esa generosidad no invasiva y sincera. Llegó un momento que le huía a los venezolanos. Invadían las casas y nunca se iban. Es el resultado cuando todos se creen “tus panas burdas” hermanados por una nacionalidad donde caben todos y todos revueltos se creen uno. Me espanta, mis amigos son los que yo escojo y son los que pueden tocar mi alma.

Es falta de educación y falta de sensibilidad este atropello que vemos natural y hasta elogiamos. Hoy se me ocurre que es una carencia primordial que poseemos como sociedad que nos impide acercarnos al otro conmovidos y con actitud reverencial. Si, el otro ser humano con su carga vital densa y pesada, es un ser sagrado, una figura frágil de cristal, corresponde un trato delicado. Al igual que un país herido, maltratado, agonizante requiere de seres sensibles que sepan oír su dolor, interpretarlo en su balbuceo e incoherencia para comenzar a captar sus heridas y poder suturar. En una guerra nada de esto se contempla, se amputan los miembros y no se pueden oír los gritos y maldiciones proferidas por el sufriente extremo. Pero lo que procede en una sociedad es refinar sus instrumentos con los cuales se haga posible una intervención y tratar de producir el menor dolor posible. No solo es inteligencia, es sensibilidad.

Poco a poco iré recobrando facultades y fuerzas, todavía no lo sé es una dinámica que no me pertenece solo capto. Estoy atenta a las señales internas.

Marina Ayala