En Ucrania, Alemania navega entre dos aguas, por Fernando Mires

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Fernando Mires|@FernandoMiresOI|Febrero 13, 2022
Twitter: @FernandoMiresOl

“Fue el encuentro entre un resoluto Joe Biden y un indeciso Olaf Scholz”. Así tituló el periódico Frankfurter Runschau (08.02.2022) al intercambio de opiniones entre ambos dignatarios. Los periódicos alemanes más adictos al gobierno resaltaron en cambio la unidad a toda prueba que existe entre los EE UU y Alemania. Más incisivo aún que el Rundschau fue la descripción del periódico TAZ (Tageszeitung) al publicar un comentario bajo el título: “Forzada unidad entre Alemania y los EE UU”. ¿Significa que Biden tuvo que presionar a Scholz para que hiciera concesiones a favor de la actitud a tomar frente a una eventual invasión de Rusia a Ucrania? Cito a TAZ: “el nuevo gobierno alemán ha esperado demasiado para que muchos observadores en los EE. UU. usen Nord Stream 2 como moneda de cambio contra Rusia y el presidente Vladimir Putin.

Ahora fue el propio presidente de los Estados Unidos quien pronunció una palabra de poder sobre el polémico oleoducto (…) “Si Rusia inicia una invasión, es decir, cruza la frontera de Ucrania nuevamente con tanques o tropas, entonces no habrá más Nord Stream 2. Nos ocuparemos de eso”, dijo Biden.

Esas, las que pronunció Biden, fueron palabras que debería haber pronunciado Scholz, pues si no hay más Nord Stream 2. el país más afectado sería Alemania y no los EE UU. Que las hubiera dicho Biden habría mostrado la presión que ejerció Biden sobre su atribulado interlocutor.

Scholz tendría la excusa de haber sido obligado a hacer concesiones a su colega en aras de la unidad de la Alianza Atlántica. Pero ¿una excusa ante quién? En esta pregunta yace el tema clave del problema.

Para buscar una respuesta hay que tener en cuenta que Scholz es el canciller de una coalición. Y bien, precisamente esa coalición no tiene una opinión positiva con relación a un compromiso más intenso de Alemania ante una eventual agresión de Rusia a Ucrania. A diferencias del ex Canciller Helmuth Kohl quien dictó los 10 puntos de la reunificación sin consultar a ningún partido político, incluyendo al suyo, o a diferencias de Merkel, quien cuando interactuaba con Obama, Trump o Putin emitía la opinión suya y de su gobierno –la SPD no podía más que acatar–, Scholz solo emite la opinión predominante de la coalición de la que su partido forma parte.

Quizás nunca vamos a saber lo que piensa Scholz. La política internacional de Alemania durante Scholz es la política de la coalición, y esa política a su vez, un resultado de la correlación de fuerzas a nivel nacional.

Por supuesto, en todos los países existe una relación entre política interna y externa. Al mismo Macron lo vemos haciendo política internacional con Rusia y a la vez tratando de perfilarse como líder de Europa frente a sus electores. El problema es que en la actual Alemania esa relación es demasiado estrecha. Y lo es hasta el punto de que podríamos afirmar que la política alemana hacia afuera es una prolongación de la política hacia dentro. Una política interna no solo sometida a las líneas de tres partidos, sino, sobre todo, a los vaivenes de la opinión pública, medida está por semanales encuestas.

El pueblo alemán es soberano, y justamente porque quiere vivir en paz, no quiere, además de la pandemia, una guerra. Así de simple. Olaf Scholz acata la voluntad general en un sentido casi roussoniano. Ese no era el caso de Merkel. La canciller, cuando lo consideraba necesario, aún al precio de perder popularidad, no vacilaba en contradecir la voluntad general. Recordemos que cuando estalló la crisis migratoria, en lugar de cercar al país con alambradas como hicieron otros gobiernos, abrió las puertas de Alemania bajo la consigna, “lo lograremos”. Gracias a esa inolvidable acción, Merkel fue aclamada por el mundo entero. No así en Alemania donde fue criticada por la mayoría de los partidos, sobre todo por el suyo, la CDU. Eso es precisamente lo que no puede, o no quiere, o no sabe hacer Scholz. El nuevo canciller -dicho metafóricamente– es un prisionero político de la coalición que encabeza.

Cuando socialistas, liberales y verdes formaron la “coalición semáforo”, casi todo el mundo la saludó con optimismo y alegría. No era para menos. Las tres principales tendencias de la posmodernidad política –liberalismo económico, izquierdismo democrático y ecologismo social– se hacían cargo del gobierno del país más poderoso de Europa. Los socialcristianos pasaban a la oposición y con ello el centro político sería ocupado por cuatro partidos centristas. Qué mejor. Afuera del espectro hegemónico, los partidos extremos, la Linke y AfD. Solo había un obstáculo. Esa coalición era para gobernar en tiempos normales y pacíficos. Pero para tiempos anormales y no muy pacíficos –son los que estamos viviendo– no lo es tanto.

revista POLIS, Político,