Juan Carlos Rey González / Libro: Huellas de la inmigración en Venezuela

Compartir

Entre la historia general y las historias particulares

Ideas iniciales

Hoy en día escribir un texto sobre la historia de la inmigración es tan complejo como polémico. Desde su nacimiento, en dos siglos de vida republicana, Venezuela ha visto llegar a un gran número de personas que se instalaron en estas tierras y dejaron su huella. Se trata de un fenómeno que, con mayor o menor intensidad, se ha mantenido constantemente hasta nuestros días; sin embargo, pareciera que poco a poco estuviéramos perdiendo conciencia de ello. Además, ante las situaciones particulares que se viven en los países ricos e industrializados, principalmente de Europa y Norteamérica, la inmigración es entendida cada vez más como un fenómeno problemático y negativo.

Un breve artículo de Immanuel Wallerstein titulado «Los inmigrantes», traducido al español por Marta Tawil y publicado en La Jornada, de México, el 17 de junio de 2002, puede aclararnos algunas de las ideas que popularmente se manejan hoy en día en torno a la inmigración:

Los inmigrantes no son muy populares en estos tiempos, especialmente en los países ricos. En América del Norte, Europa occidental y Oceanía los residentes locales tienden a pensar tres cosas acerca de los inmigrantes: 1. que han llegado principalmente para mejorar su situación económica; 2. que reducen los niveles de ingreso de los nacionales al trabajar en empleos poco remunerados y obtener beneficios de los programas de asistencia del Estado, y 3. que representan un «problema» social, ya sea porque son una carga para los demás, porque son más propensos al crimen o porque insisten en conservar sus costumbres y no logran «asimilarse» a los países receptores.

Ciertamente pudiera pensarse que esta situación tiene mucho que ver con el aumento de los fenómenos migratorios a escala mundial. De hecho, se estima que hacia 1910 aproximadamente 33 millones de individuos vivían en países distintos al suyo como inmigrantes y que para el año 2000 la cifra había alcanzado los 175 millones, mientras que en el mismo período la población mundial pasó de 1.600 a 5.300 millones; es decir, que la población mundial se triplicó y la población migrante se multiplicó por seis.1 Sin embargo, ninguna de estas ideas es nueva. Como apreciará el lector, en nuestro país estas mismas objeciones fueron planteadas más de una vez ante el arribo de los contingentes extranjeros. Ahora bien, la distancia temporal, el distanciamiento histórico, nos permite hoy en día analizar y señalar algunas de las verdaderas consecuencias generadas en el país por dichos contingentes, las «huellas» que estos inmigrantes imprimieron en nuestra tierra.

Este estudio no pretende ser el primero sobre el tema en Venezuela. Son muchos los trabajos que han sido realizados en torno a la inmigración en el país, y sobre las bases construidas a partir de ellos es que este ha podido ser elaborado. Igualmente, tampoco pretendemos agotar el tema. Lo que busca este libro es brindar un recorrido ilustrativo a través de la historia de los procesos inmigratorios en Venezuela, dando cuenta de la magnitud del impacto que han dejado en el país.

Básicamente nos proponemos mostrar cómo la Venezuela actual, si bien es producto directo de aquella república nacida de la lucha por la independencia a principios del siglo xix, y por tanto descendiente directa de los llamados «padres de la patria», también es producto de los aportes de una gran cantidad de personas que durante estos dos siglos de vida republicana han llegado a esta tierra, algunos temporalmente y otros de manera definitiva, convirtiéndola en su patria adoptiva y dejando en mayor o menor medida su rastro en ella.

Hoy en día escribir un texto sobre la historia de la inmigración es tan complejo como polémico. Desde su nacimiento, en dos siglos de vida republicana, Venezuela ha visto llegar a un gran número de personas que se instalaron en estas tierras y dejaron su huella. Se trata de un fenómeno que, con mayor o menor intensidad, se ha mantenido constantemente hasta nuestros días; sin embargo, pareciera que poco a poco estuviéramos perdiendo conciencia de ello. Además, ante las situaciones particulares que se viven en los países ricos e industrializados, principalmente de Europa y Norteamérica, la inmigración es entendida cada vez más como un fenómeno problemático y negativo.

Un breve artículo de Immanuel Wallerstein titulado «Los inmigrantes», traducido al español por Marta Tawil y publicado en La Jornada, de México, el 17 de junio de 2002, puede aclararnos algunas de las ideas que popularmente se manejan hoy en día en torno a la inmigración:

Los inmigrantes no son muy populares en estos tiempos, especialmente en los países ricos. En América del Norte, Europa occidental y Oceanía los residentes locales tienden a pensar tres cosas acerca de los inmigrantes: 1. que han llegado principalmente para mejorar su situación económica; 2. que reducen los niveles de ingreso de los nacionales al trabajar en empleos poco remunerados y obtener beneficios de los programas de asistencia del Estado, y 3. que representan un «problema» social, ya sea porque son una carga para los demás, porque son más propensos al crimen o porque insisten en conservar sus costumbres y no logran «asimilarse» a los países receptores.

Ciertamente pudiera pensarse que esta situación tiene mucho que ver con el aumento de los fenómenos migratorios a escala mundial. De hecho, se estima que hacia 1910 aproximadamente 33 millones de individuos vivían en países distintos al suyo como inmigrantes y que para el año 2000 la cifra había alcanzado los 175 millones, mientras que en el mismo período la población mundial pasó de 1.600 a 5.300 millones; es decir, que la población mundial se triplicó y la población migrante se multiplicó por seis.1 Sin embargo, ninguna de estas ideas es nueva. Como apreciará el lector, en nuestro país estas mismas objeciones fueron planteadas más de una vez ante el arribo de los contingentes extranjeros. Ahora bien, la distancia temporal, el distanciamiento histórico, nos permite hoy en día analizar y señalar algunas de las verdaderas consecuencias generadas en el país por dichos contingentes, las «huellas» que estos inmigrantes imprimieron en nuestra tierra.

Este estudio no pretende ser el primero sobre el tema en Venezuela. Son muchos los trabajos que han sido realizados en torno a la inmigración en el país, y sobre las bases construidas a partir de ellos es que este ha podido ser elaborado. Igualmente, tampoco pretendemos agotar el tema. Lo que busca este libro es brindar un recorrido ilustrativo a través de la historia de los procesos inmigratorios en Venezuela, dando cuenta de la magnitud del impacto que han dejado en el país.

Básicamente nos proponemos mostrar cómo la Venezuela actual, si bien es producto directo de aquella república nacida de la lucha por la independencia a principios del siglo xix, y por tanto descendiente directa de los llamados «padres de la patria», también es producto de los aportes de una gran cantidad de personas que durante estos dos siglos de vida republicana han llegado a esta tierra, algunos temporalmente y otros de manera definitiva, convirtiéndola en su patria adoptiva y dejando en mayor o menor medida su rastro en ella.

No se trata de una idea nueva, puesto que ya en 1955, «un año que se enmarca en el contexto de una de las principales corrientes inmigratorias europeas que llegó a Venezuela», Miguel Acosta Saignes, en un artículo titulado «Elementos indígenas y africanos en la formación Los de la cultura venezolana», planteaba la importancia de considerar derechos de los otros: también los componentes inmigrantes de la nacionalidad venezolana:

Años después, en una carta dirigida a Eduardo Morreo Aoún y fechada el 26 de enero de 1988, Arturo Uslar Pietri plantea una opinión similar con respecto a la realización de un proyecto audiovisual denominado «Huellas», orientado a dar cuenta de la historia de la inmigración en Venezuela:

Me parece una excelente iniciativa que podría contribuir muy eficazmente a crear conciencia sobre la composición y los orígenes de nuestra sociedad. Todos, con la sola excepción de los indígenas puros, somos descendientes de inmigrantes, en fecha más próxima o más remota. Cada inmigrante aporta con él, como parte fundamental de su persona, su propia cultura y es la suma y combinación de esos aportes lo que da los elementos para la formación de una identidad nacional que nos conviene conocer de la manera más completa posible para tener una cabal conciencia de nuestro propio ser histórico.

Así entendemos esta investigación. No se trata únicamente de una historia de la inmigración en Venezuela, algo aislado o anexo a la historia nacional, sino de una ventana hacia eventos y procesos que formaron parte de la consolidación de lo que hoy es nuestro país: una república que en su Constitución se define a sí misma como «multiétnica y pluricultural». Ante este hecho, en el presente texto se hurga en torno a la identidad nacional: una identidad formada por nuestra historia; entendiendo que no es solo la historia de una tierra, ni la historia de un pueblo, sino la historia de nuestros encuentros y desencuentros.

De esta manera, no solo observamos la inmigración como un proceso demográfico de desplazamiento internacional. Estos movimientos humanos los entendemos como el vehículo para el desplazamiento cultural y el motor para el desarrollo de nuevos elementos (económicos, sociales, políticos, etc.) en el país. En cierta manera se sigue la noción de «el viaje» adoptada por uno de los más influyentes historiadores del siglo xx, Fernand Braudel, con respecto a los desplazamientos humanos, en Viajes de hombres; pero con ellos viajaban también sus bienes, los bienes culturales, los de uso diario y los más inesperados. No cesan de desplazarse, acompañados al hombre. Traídos aquí por los unos este año, son recogidos por otros al año siguiente o pasado un siglo, y los vemos incesantemente transportados, abandonados y recuperados […] Pero la mayor parte de las transferencias culturales lleváronse a cabo sin que conozcamos los vehículos. Éstos, en el Mediterráneo, son tan numerosos, unos más rápidos y otros más lentos, y proceden en direcciones tan distintas, que no siempre es posible localizarlos en esa inmensa estación de mercancías donde nada permanece en su sitio. Reconocemos un equipaje y se nos escapan mil; faltan direcciones, etiquetas, y otras veces faltan el contenido o el embalaje […] Desconfiemos de quienes creen reconocer sin vacilar los equipajes […] o de quienes, reaccionando contra aquéllos, niegan en bloque todo empréstito de unas civilizaciones a otras, siendo así que, en el Mediterráneo, todo se intercambia: hombres y pensamientos, artes de vivir, creencias y maneras de amar.

Nos encontramos así con que la Venezuela actual no es la misma de hace doscientos años. Muchos hombres y muchos equipajes han llegado a esta tierra; sin embargo, no por ello hoy somos menos venezolanos que ayer puesto que esos hombres y sus equipajes culturales desde su llegada han formado parte indisoluble de nuestra identidad.

Con este libro, más que dibujar un cuadro en el que se representen estos procesos, se pretende abrir ventanas para que el lector pueda apreciar directamente aquellos procesos de llegada e integración. Es por esta razón que, además de utilizar los cimientos construidos a partir de los trabajos previos que han sido realizados en el área, presentamos una importante cantidad de testimonios y documentos de primera mano, algunos inéditos y otros publicados de manera aislada, los cuales nos brindan la oportunidad de asomarnos directamente a los modos de pensar y actuar de sus productores: los protagonistas de esta historia.