El Zanjón y el Circo. Por Narciso Pérez

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Viviendo en Cumaná como estudiante, mis viajes a Ciudad Bolívar dependían de las vacaciones en la universidad. Con religiosidad, al disponer de cuatro días libres, tomaba el autobús y al mediodía estaba en casa, listo para encontrarme en las escalinatas de la catedral con los amigos o ir al paseo Orinoco al billar de Aties, donde esperamos pacientemente que terminara su jornada y meternos en el bar de la Cumbre o cualquier otro sitio donde tomarnos unas cervezas. Cuando me gradué y empecé a trabajar en Pto La Cruz, ya con mis dos hijos, las cosas se hicieron más complicadas, aunque en las fechas tradicionales siempre volvíamos: disfrutar de la calidez de la familia era una alegría para la que no escatimábamos medios y voluntad.

Al regresar a Cumaná nuevamente, comprar el pequeño camión y abrir la tienda de artesanías, cada tres meses, al hacer la ruta de acopio por el oriente venezolano y su fatigante jornada por el Estado Anzoátegui, al recoger en Bajo Hondo y Tascabaña chinchorros y carteras Kariña, enfilaba hacia la casa de mis padres, para el otro día salir a comprar tallas de azabaches en la Sabanita, alguna cestería Maquiritare o Penare en los sitios de acogida a los indígenas en la ciudad; y dulcería en soledad, especialmente si era tiempo de anacardos, por la gran aceptación del mercado cumanés al delicioso merey pasado con sus briznas de Sarrapia. Luego, seguía por Delta Amacuro y Monagas, regresando a Sucre por Caripe para disfrutar de la carretera de montaña y su amable clima. Pero antes, al día siguiente de llegar, me levantaba temprano para ir a comprar pastelitos con la sazón guayanesa y su toque de curry antillano por el que deliraba. Era un día maravilloso y con frecuencia, en las tardes iba con mi hermano Carlos a los morichales de Carapa donde nos esperaban familias de monos arahuacos desfilando sobre árboles, una ocasional Piarra con sus tonos azules y blancos de deidad precolombina o el centellante vuelo del Martin Pescador sobre el agua.

En uno de esos viajes, decidí caminar por el Zanjón para conocer las obras adelantadas por el formidable esfuerzo de restauración del Centro Histórico de la ciudad que había convertido la antigua trasversal en un empedrado urbanismo con aires turísticos. Era una caminería popular que conectaba la calle Concordia -donde mi familia había fijado su primera residencia en el país-, con el temblador y el embarcadero de chalanas en Santa Ana, para esa fecha de la llegada de mis padres de España, un importante centro económico. Allí, un poco más arriba de su entrada había nacido y pasado los primeros años de mi vida, guardando recuerdos e imágenes borrosas que terminaban de construirse con los relatos de mi madre: la panificadora al lado de mi casa, el bajito y gordo Benito Quiroz, una figura del canto popular de voz torrencial enamorado por ésos tiempos de una hermosa vecina, el sitio donde aplicaban inyecciones cuando enfermábamos.

La emoción de un recuerdo fluyendo y reconstruyendo pedazos de la infancia o momentos remotos de nuestras vidas, estremece la piel con su destello súbito de realidad atemporal. Un tema difícil de explicar, pero extraordinariamente revelador de ciertas instancias de la memoria que guarda nuestros más ocultos contenidos y en donde los aromas o las aleatorias circunstancias del entorno, ayudan a su evocación. Cuando sucede, impide toda conexión con el mundo real y es revelador, porque se identifica con nuestro yo, disfrutándolo como un acto súbito e inesperado al recobrar lo perdido.

Algo parecido me sucedió esa tarde al subir por el camino hasta alcanzar la parte alta de las piedras y ver el espectacular horizonte. Como un portento, el Orinoco estaba allí, transcurriendo debajo de su elegante puente de líneas sencillas, con árboles e islas que flotaban como pasajeros anónimos sobre la cresta de sus corrientes. La vista me regreso a la sencillísima rueda dispensando el hilo de acero para tejer las guayas principales del Puente Angostura, observada todos los días desde mi hamaca en la casa frente a la vieja cárcel y cuya perspectiva privilegiada me atrapaba al despertarme. Durante el tiempo de su construcción, aquel lejano e insignificante hilo era llevado por la “bicicleta”, rodando y girando de una a otra orilla, haciéndola cada vez más gruesa y resistente hasta poder soportar aquella gigantesca y jubilosa estructura.
Allí estaba de nuevo el río, ese enorme caudal de agua, fluyendo y condenando todo lo que flotaba sobre él a una presencia quebradiza, irreductiblemente sujeta a la suerte de sus poderosas corrientes. Así era su magnífico aspecto, indiferente al impacto en la memoria de quién adulto y viviendo en otra ciudad, creía haberlo relegado a una remota imagen convertida en olvido. Ya no era un protagonista lejano, este era el río de mi infancia, con sus vendedores de huevos de tortugas, la fiesta de la sapoara en agosto y la lotería de sus impredecibles crecidas, el primer viaje con mi padre y el jalar de las cadenas al subir la tolva de la chalana para cruzarlo. Eran las remembranzas de la época más remota de mi vida: la del libro Mantilla aprendiendo a leer; la de los muchos agradecimientos de mi madre hacia la gente que le había brindado apoyo al llegar a un país desconocido; también, aquel especial momento cuando luego de ver desfilar tres elefantes al frente de nuestra casa, fuimos hasta la Plaza Centurión a conocer el circo.

Los recuerdos venían unos tras otros como la cinta de un film. Decidí sentarme sobre una gran piedra cubierta por una ceiba de esparcido follaje como canopia vegetal. Una nube sombreando la parte más ancha del rio avanzaba dejando un espacio lateral por donde el sol resistía la llegada de la tarde. Gire la vista hacia atrás encontrándome de nuevo con las viviendas dispersas en la ruta hacia la emblemática casa de tejas, una pequeña bodega en la que un niño a su puerta tomaba un refresco completaban una locación indiferente.

Como olvidar el desfile de los elefantes. Los había visto por primera vez en las películas de Trazan a las que mi padre empezó a llevarme a las once de la mañana en el cine América. Pero observarlos frente a mi casa; y luego, ver como armaban aquella ciudad mágica, sería algo imborrable. Bajamos por la Concordia hasta alcanzar una visual despejada de la plaza. Me adelante unos pasos, forzando el caminar de mi madre y apareció, poco a poco, la punta de la iglesia del cementerio; después, al frente, sobre la tierra roja, dos carpas centrales que empezaban a erguirse tensadas por cuerdas en faena de hombres sudorosos sobre su explanada. Áreas adicionales eran incorporadas cubriendo circularmente grandes superficies. Otras lonas extendidas en el piso esperaban ser levantadas para sombrear las jaulas de los animales que impacientes circunvalaban sus jaulas en tono retador. Más allá, traílles de aspecto espacial hechos de metales como el de los aviones. Camiones descargando. Gente trayendo y llevando. Un súbito y fantástico construir de casas ondeantes y vértigo. Lo recuerdo, cincuenta años después.
El domingo fuimos todos a la función de las siete. Al acercarnos, el brillo de sus muchos bombillos iluminaba los amplios patios y el resto de las instalaciones, especialmente la carpa principal y sus estandartes multicolores en cada uno de sus pináculos. Puestos de algodón de azúcar, cotufas, bola de nieve e innumerables curiosos agolpados en la cerca para intentar ver por los estiletes de luz que la brisa descubría a través de los pliegos de la pabellón, completaban el plano. Al irnos acercándonos más, pudimos ver claramente las jaulas de los animales y los corrales para las jirafas, cebras, ponis y caballos con el pienso esparcido en el piso; un poco más allá, los elefantes. El circo Razzore, fundado en 1836, por el abuelo de Emilio Razorre en Rio de Janeiro, como un penacho barroco se prendía del cuello angosturiano batiendo con su espectacularidad la bambalina de mi infancia. Algunos años antes, un terrible naufragio cerca de Cartagena de Indias, había terminado con su tripulación, incluyendo a Guillermina, ejecutante de la Escalera Volante su más famoso número de trapecio. Pero su tesón había logrado reconstruirlo y allí estaba nuevamente.

La ansiedad crecía. Mi padre hizo la larga cola para comprar los boletos y yo no veía el momento de cruzar la entrada. Poco a poco fuimos avanzando hasta confrontar el portero y caminar por el pequeño pasillo de acceso dispuesto entre las tribunas: la visión de su espacio interior con sus gradas y el escenario delimitado por un borde circular me dejó maravillado. Dos estructuras centrales conectadas por cables con trapecios oscilantes y una bicicleta dispuesta para rodar sobre una cuerda a gran altura con una malla de protección abajo, adelantaban lo que sería la función. Subimos para sentarnos sobre las tablas de la tribuna distribuidas en forma circular al momento de apagar las luces y empezar una música de fanfarria y metales dando paso al faro guía paneando primero lo alto de la carpa para bajar lentamente hasta posarse en la puerta de los camerinos por donde entraron dos payasos atropellados, como empujados a la escena sin esperarlo. Rápidamente se levantaron de un salto, observando extrañados el entorno mientras sacudían el sombreo y golpeaban sus solapas para removerse el polvo en medio de una larga y estruendosa risotada. Había comenzado la función.
Luego vinieron los malabaristas y los magos haciendo actos de prestidigitación con anillos y sombreros donde salían palomas y cintas de colores interminables; el sorprendente número de la mujer mutilada en dos partes, milagrosamente reconstruida al retirar el manto que cubría la caja, para luego, y en medio de un gran despliegue, el armado de jaulas para el número de los tigres, leones y panteras saltando aros de fuego entre el sonido seco de los latigazos al aire de su domador. Fue un momento de temor más allá de los gruesos barrotes que nos separaban de la escena. Pero al irse desarrollando la acción, fui pasando del miedo al asombro, y luego a la risa, al entrar nuevamente los payasos. Para cerrar, llego el número del trapecio con una figura femenina elegantemente vestida de inmaculados encajes, balanceándose cada vez más fuerte hasta soltarse y girar tres veces en el aire, siendo sujetada justo en el último momento de su caída por los brazos de otro trapecista al regreso en su columpio. Tras una nueva balanceada, se posó amablemente en el descanso despertando los aplausos de un público complacido por el espectáculo presentado.

Al volver a mi casa, una sensación extraña me invadió… El camino de todos los días había cambiado. El destello fluorescente de bombillos a mi espalda y la música de metales y trompetas desvaneciéndose a lo lejos, se fijó de tal manera, que el ruido del motor de las neveras al caminar por la panificadora paso inadvertido, había sido una función inolvidable.

Al darme cuenta de que la tarde desaparecía completamente y las aguas del río adquirían el oscuro marrón de la noche, decidí levantarme y caminar hasta el carro en el estacionamiento de la clínica Santa Ana para regresar a mi casa en Vista Hermosa, dejando tras de mi la silueta de dos grandes carpas dibujadas por las guirnaldas de luces de las guayas del Puente Angostura…