Crónica del último anarquista provicional: Grisco Pérez Atalay

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Por: Narciso Pérez

Grísco Pérez Atalay nació en Caracas. De eso se tiene cierta certeza ya que no es posible hablar y conocer tanto de un sitio sin ser de allí. Sin embargo, debe decirse, que en todo lo expresado por él hay dudas, dado que sus afirmaciones estaban llenas de una epopeya indivisible donde palabra y ficción eran una unidad que vivía y moría de manera intensa. Por su propio testimonio, desempeñó una multiplicidad de trabajos respetables e insólitos, como el de acicalador de muertos en la Funeraria Vallés; armero, por la que profesaba una predilección especial muy a pesar de disponer de una pistola modesta que falló cuando el “El Coco” intentó sustraer sus pertenencias a través de la ventana; sin comprobar jamás la veracidad de tales referencias, cosa que tampoco importó, un día pudimos ver en su viejo e inescrutable escaparate, una colección de facsímiles sobre el tema donde se sospechaba obtenía los argumentos de sus palabras y movimientos precisos, al desprenderle el carro imaginariamente a las pistolas cuando tomaba cerveza; orfebre, por lo que era común escucharle hablar de amatistas, ágatas y un especial jade en engarces de plata; al estudiar en la escuela técnica industrial, egresó como Mecánico Tornero; disyóquey refutado, con un controvertido programa llamado Sunshine en la Radio Nacional de Venezuela y cuyas habilidades las constatamos al dictar un curso de guiones radiofónicos en Cumaná; con mucha propiedad, cocinero, deleitando a quién pudo probar sus exquisitas viandas, dando fe de su especial habilidad. También, y no faltaba más, profesor de muchas materias. Todas estas posibilidades le llevaron a ser muchos hombres en uno dándole una capacidad extraordinaria de respuesta sobre los más diversos temas. Veloz como el rayo, con la frase siempre lista, sentenciaba conversaciones con ocurrencia y brillo.

Su accidente en moto a la vuelta del cubo negro de Chuao en los tiempos de su temprana juventud, muy relacionada con el rock y el mundo underground, marcaría su posterior existencia y paso por Cumaná donde moriría relativamente joven de un mal desconocido. Podría recurrirse al testimonio para emborronar innumerables cuartillas sobre él nutriendo su intenso tránsito de riesgo y vértigo, pero carecerían de la fuerza de su inédita personalidad y maneras de actuar; basta señalar que una parte de los graduandos de la U.D.O deben sus títulos a su trabajo incansable y mal pagado que le servía para financiar su modesta existencia. Había descubierto como podía mediante revisiones bibliográficas rápidas y precisas, constreñir contenidos que invariablemente para las exigencias de la universidad, terminaban en celebrados y bien calificados ensayos.
-Me han dicho que usted es el mejor, mi amiga saco diez y me dijo que si le entregaba el material a tiempo y completo haría maravillas-
Grisco la veía de reojo, ladinamente. Observaba sus muslos, se regodeaba en su piel y finalmente le decía:
–Bueno cariño, debes darme un adelanto”–.
Contaba que en su infancia, la cachifa lo llevaba a los programas en vivo de la televisión Caraqueña, narrando con propiedad las diversas contingencias y apremios de dichos avatares,
Dos datos particulares se derivaban de su aspecto y su remoto pasado con los andes, de donde parecía proceder su padre, el que le había dado ése aspecto indiano, objeto de un oscuro silencio e increíble parecido con el “chino cano”, un reputado delincuente con el que siempre se le confundió.
Grisco fue militante comunista en su tiempo de estudiante, quizás por ello, le gustaban los aforismos relacionados con contenidos apocalípticos: “Es preferible un final desastroso que un desastre sin fin”. Al parecer, por su vinculación con el partido, fue detenido y procesado, mostrando una tensión especial al referirse a los camaradas y las autocríticas en la cárcel a las que le sometían por proceder de un medio citadino y acomodado; aunque en honor a la verdad, fue antes que todo, el más auténtico y encantador anarquista conocido por estas tierras. No es que se pareciera a Bakunín o que actuara como ejemplo de rectitud moral y lucha por las injusticias sociales, pero encarnaba el más legítimo sentimiento de rechazo a toda fuerza opresora derivada del estado, haciéndolo desde su más absoluta impotencia física.
Irónico y lleno de mordacidad, disfrutaba sus sentencias con humor: “Yo no practico el tiro al blanco, yo práctico el tiro al negro”. Y en el terreno formal, escribió lúcidos trabajos entre los que destaca uno sobre los terremotos en Cumaná, en los tiempos en que se forjó una estrecha amistad con del Dr. José Rafael Gómez.
Grisco Pérez Atalay, diluía los extremismos derivados de su iracundia en la encantadora amabilidad de un discurso ocurrente, y con su terminante palabra, contenía magistralmente el instante ejerciendo con desfachatez retadora el mayor estado activo de la libertad.
Al final, su entrañable compadre le descubrió los altares de la santería. De ésa experiencia conocemos su impacto por la sospecha de “trabajos” hechos contra su persona. No sé si se dejó llevar por las intensas vivencias experimentadas en medio de la energía de las sesiones, pero más allá de los requerimientos amorosos, de las preguntas sobre el éxito en el traslado de los alijos y de la certificación del número del caballo ganador, que eran la mayor parte de las consultas al babalao, la autenticidad de dicha liturgia y el anonadante transporte “del oficiante”, sembró un interés inédito y final.
Estuve entre los que alcanzaron llegar al momento en que con algunos amigos le vimos partir. Quizás sus postreros momentos fueron su más acabada obra. Cuando me enteré y fui hasta la morgue, ya estaba en un barato ataúd, sin más pretensiones que una salida rápida y expedita a cualquier espacio disponible del cementerio municipal. Su hermana, a quien conocí en ese momento, diligenciaba los trámites. Pero ahí estaba Valentina, su hija a quien tanto amó, mostrando su sincero duelo al marcar con los dedos su nombre en una lápida provisional como todo lo que había sido su vida. Después vinieron las elucubraciones sobre el destino de la pistola, objeto simbólico de intenso contertulio, así como de su encantador e enigmático escaparate y el resto de los objetos ceremoniales que allí guardaba celosamente. Todos ellos, diluidos en el delicioso misterio de una vida sin pretensiones, pero marcada por el diferenciado espíritu de un hombre que vivió hasta el final sin aprensiones, disfrutando el encanto de cada nuevo día con tanta intensidad y pasión, como si fuera el último.

  

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