Escritor cumanés Jesus Torres Rivero y su libro en ejecución: “De mis Ataduras”: OTROS SABERES Y NUEVO AMANECER

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HOY CUMPLO CON UNA ENTREGA MÁS DE LA CONTINUIDAD DE MI LIBRO EN EJECUCIÓN
DE MIS ANDADURAS

Jesus Torres Rivero

A los hermanos Pedro Pablo y Rubén Acuña; y a Hugo Buonaffina
OTROS SABERES Y NUEVO AMANECER

YO — Pienso y puedo afirmar, creyendo no equivocarme, que algunos para al pensar ciertos momentos o lugares, les basta relacionar en sus mentes imágenes únicas y recurrentes que definen esas ocasiones o esos emplazamientos: pudiendo aseverar con propiedad, que nuestra austera casa del barrio, era aledaño patio de almendro, jazminero y rosal; y de la primera escuela, espacio pequeño de cemento con alto almendro en el centro cubriéndolo todo, y sentada allí en una silleta recostada a su tronco mi altiva y austera maestra, Totoya Marruffo, morena, alta como una vara de alcanzar frutos y saberes, que enseñaba primeras letras, a leer y a escribir.
A los alumnos de segundo grado nos hacía leer en “El libro Cuarto”, textos de diferentes autores venezolanos. Recuerdo que luego de haber hecho, sin interrupciones, lectura del poema de Potentini a Bolívar, el de “Dicen que tuvo en su faz lo que salva y lo que aterra,,,”, me sorprendería, al afirmar, ante todos, que yo alcanzaría la Universidad y podía hasta llegar a ser hasta Presidente, lo cual, de inmediato produjo en mí una ignota afectación. Por la que, una vez terminada la clase. Corrí orgulloso hasta la tabaquería de mi papá, a contar a él y a mi tía Carmen lo sucedido. Y desde aquel día convertí ese pronóstico en meta de irrenunciable obligación, por lo que tenía que ver con la universidad nada más. Así era de nutritiva mi maestra.

Aprobado el segundo grado iniciamos el tercero en el Colegio San José de los Padres Paúles, cuando el el país celebraba el 3 de febrero el Sexquicentenario del nacimiento de Antonio José de Sucre, hijo epónimo de Cumaná. Por tal motivo, la ciudad había recibido como huésped ilustre al General Isaías Medina Angarita, Presidente de la República, alojado en la casa de habitación del señor Ramón Madriz Sucre, al final de la calle Sucre, muy cerca de la placita Rivero. Y al día siguiente, sería yo partícipe, junto con otros niños del barrio, de un hecho que, para nuestros escasos años, sería impactante, cuando reunidos aquella mañana en la puerta de la bodega de Pablo Aristimuno, ftrnte al “Club flotante” vimos caminar por la calle a dos personas que nos saludaron de mano alzada y una pequeña inclinación de cabeza, a lo que correspondimos, al tiempo que oímos decir desde adentro de la bodega: ¡Es el Presidente Medina! Y, como por encanto todos enmudecimos hasta verlo entrar a la Casa de las conchas. Yo enseguida corrí a mi casa donde alterado y contento relaté cómo era que había visto y saludado al Presidente; era para nuestra visión infantil un fabuloso episodio, casi mágico, el haber visto de cerca y ser saludado por el Presidente de la República, tan extraordinario, que los compañeros de aula en el Colegio San José se negaron tercamente a creerlo.


MEMORIA — All poco tiempo nos enteraríamos, por la radio y la prensa, de la apocalíptica destrucción causada por dos bombas atómicas sobre las inertes poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki, poniendo término a la Segunda Guerra Mundial con la rendición de Japón: por fotografías de la revista norteamericana “En guardia”, que hasta hoy no sabemos por qué razón la recibía gratis nuestro padre, del ensañamiento asesino de los nazis contra los judíos europeos; y que se estaba iniciando una nueva era universal, la era atómica. Contexto histórico que desencadenaría acontecimientos concomitantes impulsores de transformación de nuestra manera tradicional de vivir y de observar la vida, bajo bajo el prisma de la fantasía infantil, ya comenzada nuestra pubertad, dándonos a conocer avanzados productos de la inteligencia, tal vez los de mayor impacto el cine, el disco de acetato de 78 revoluciones y los tocadiscos o reproductores, que ampliarían nuestro restringido pensamiento provinciano y harían soñar nuevas fantasías.


Y al país, después de la revolución que había depuesto al Presidente Medina, lo había arropado un ansia de transformación democrática. En lo político las mujeres junto con los analfabetas habían conquistado su derecho al voto y un nuevo gobierno iniciaría una transformación social profunda, que los de mi edad no comprendíamos a cabalidad, estimulada a través de la radio y de actividades populares que movilizaban a todos sin distingos. De la radio y de oradores en concentraciones políticas que se efectuaron en la placita, a medias aprendimos las expresiones democracia, elecciones libres y universales, derechos de los trabajadores y de las mujeres, autonomía universitaria, temas en los que se debatían las diatribas de los partidos políticos; que en Asamblea Cnstituyente, presidida por el poeta Andrés Eloy Blanco, sancionaron Constitución y ley electoral, convocando a elecciones generales, en las que ganó la Presidencia de la República el Maestro y Escritor Don Rómulo Gallegos, quien daría un fuerte impulso de avanzada a la Educación.


YO — Nuestro barrio no fue ajeno a esas transformaciones, pero conservamos la costumbre de amaneciendo irnos al banco de la placita, que ocupaba siempre, cuando aquella mañana escuchamos una agradable melodía y vimos, en la ventana de la casa del frente, a un hombre joven de camisa blanca mangalarga y de corbata que no pude precisar si azul o negra, que extendiendo los brazos en gesto de elevación, rompía a cantar un verso, acompañando a quien lo hacía en el disco, en un idioma no conocido por nosotros, pero que pude entender y recordar tal como ahora lo escribo; L’aurora di bianco vestita, que fue dulce a mi sentibilidad. Y pocos instantes después sabría por él mismo, que era Jesús Morales, profesor de la Escuela Normal “Pedro Arnal”.

  
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