LA TAREA DEL TESTIGO: “Yo soy quien vela tu agonía” Ramón Ordaz

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José Antonio Ramos Sucre es, definitivamente, el autor de mayor trascendencia en la literatura venezolana en lo que va de la segunda mitad del siglo pasado a nuestros días. No solo su obra poética, sino que su propia biografía son atrayentes por los encajes y velos de misterio que la rodean. Su infancia y preadolescencia están marcadas por la sospecha y el secreto de una vida de insatisfacciones, de retiros obligados, de impuestos apartamientos tras las rejas de casonas y conventos. Sus pocas cartas traslucen un caudal de carencias, privaciones y enfermedades, incluidos los malos entendidos y reprobaciones de gente de su generación. A partir del testimonio de estas, el escritor Rubi Guerra construye un ingenioso entramado novelesco cuyo título ofrece un universo de sugerencias, La tarea del testigo (Caracas: Fundación Editorial el perro y la rana, 2007), obra con la que obtuvo el año anterior a su edición el premio de novela corta “Rufino Blanco Fombona”. En ella el autor sucrense exhibe sus ya reconocidas dotes narrativas que tienen sello propio, sustentadas en obras como Avatar (1986), El mar invisible (1990), Un sueño comentado (2004), El discreto enemigo (2016), entre otras.

Con soltura y fluidez en el discurso va tejiendo un nuevo cuerpo del relato, un hipertexto que se desprende del epistolario ramosucreano. Arranca la novela cuando el convaleciente poeta advierte la presencia de un extraño visitante en el cuarto del hospital Cantonal donde está recluido y a espera de atención después de haber ingerido una sobredosis de veronal, el último y definitivo intento de abandonar el mundo de los vivos. Cuatro días después se oficializaría su muerte en Ginebra. No logra el paciente dilucidar a su misterioso visitante; los efectos del psicotrópico que ya hacían sentir sus efectos, la debilidades ingénitas y los prolongados insomnios imposibilitaban esa tarea. Ese tránsito de cuatro días, hasta su fallecimiento el 13 de junio de 1930, es el hilo temporal que sostiene la historia. “Soy quien vela tu agonía”, explayará en el capítulo IX el visitante. No hay, por supuesto, ninguna pretensión biográfica, más allá de que los temas de algunas cartas enviadas a sus familiares y amigos sirvan de soporte a la narrativización de los últimos días del autor de La torre de Timón.
Preludio y fuga podrían condensar esta corta historia del Cónsul, que es en definitiva alrededor del cual el relato adquiere matices y secuencias que desvelan esos espacios interiores del agónico personaje. ¿Qué acontece en ese lapso, qué peripecias amenazan esa alma en pena? El Cónsul de Lowry vivía en una eterna y disoluta borrachera, el Cónsul de Guerra padece otras embriagueces que no van por el camino del alcohol.

Tal vez el puente entre uno y otro sea la locura en cierne, el onirismo en que están envueltos sus espíritus. En puertas está también el relato “El Cónsul” de Tomás Eloy Martínez (En. Lugar común la muerte, 1979), texto que entre el periodismo y la ficción, jala con eficacia hacia la narrativa. Es la batalla de un Ramos Sucre que planifica un asesinato, matar al otro, el insomnio que ha tomado su cuerpo y, su misión, destruido el virus tropical, es acabar con ese adversario que no lo deja dormir. Una golondrina moribunda que advierte el poeta en las calles de Hamburgo será la señal de que está pronta la ejecución de su plan y el cumplimiento de su destino. El arma será el frasco de veronal que pilló a los médicos y conserva detrás de un libro de Goethe, el Wilhem Meister. El final ya lo sabemos. Pero, ¿qué ocurre en “La tarea del testigo”? ¿Qué acontece durante ese ínterin del yacente Cónsul en la cama del hospital? Aquí está lo medular de la apuesta narrativa del escritor Rubi Guerra. Otros escenarios más vitales tienen lugar en esa trayectoria de casi seis meses que vivió el Cónsul en Europa. De una ciudad a otra, Hamburgo, Merano, Ginebra; de un hospital a otro, nos enteramos de sus truculentas vivencias.

Tiempo tendrá para conocer al escritor checo Konrad Reisz, paciente también en el hospital de Merano, a partir del cual se desarrollan capítulos de intrigas y persecución detectivesca, en las que el Cónsul se verá implicado al actuar en escenarios que recuerdan los personajes de los poemas en prosa de Ramos Sucre. Dos insomnes en plan de policías nocturnos. Allí, un hombre singular, Kircher, detractor de la ciencia de Freud y Jung, pondrá en juego sus tesis que pasan por la hipnosis aplicada en el alma robótica de Cesare, alguien que, abandonado en un circo, fue adquirido y puesto bajo la voluntad de sus experimentaciones. Tiempos del mesmerismo, del psicoanálisis, en esa región donde el insomnio no tenía más que tocar la puerta. Hipótesis. El nudo se desatará en el ya citado capítulo noveno. Aquí es propicia la pregunta. ¿Quién es el testigo? En primera instancia, lo sugiere el narrador, es el Cónsul. El reparo mayor pasa por el servicio diplomático a una dictadura, por su indiferencia ante lo que acontecía en su tierra de origen. Podría ser, ¿por qué no?, el alter ego de Ramos Sucre, esa otredad que surge como sombra borrosa en el visitante. Pero hay otras interpelaciones que hace el visitante al Cónsul en su hora final, tarea que dejo a los lectores. El testigo es quien testa, y el testamentario de esta historia es el visitante que interpela al muerto. El testigo es el escritor, el testigo es cada lector que asume el compromiso a que lo conmina el relato, vale decir, subvertir el orden de lo establecido. RO

  
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