Henrique Capriles anda en busca del liderazgo perdido y en un eterno sí, pero no. Después de un retiro espiritual en el santuario de Vallita, y leer el controvertido comunicado de la Conferencia Episcopal, tuvo una epifanía. Emergió entonces como artífice de una amnistía chucuta, mozartiano rondo alla turca ejecutado a dúo con Stalin González. Es una anfibología viviente y, en tanto tal, ha de acentuarse a objeto de desambiguarlo y comprender sus razones. Candidato presidencial en dos oportunidades, coqueteó con la gloria en las elecciones de 2013, mas no saboreó las mieles del poder —todavía le reprochan no haberse alzado para defender  su presunta victoria—. Buen torero de dos tercios, hace malabares con el capote y la muleta. Sus faenas serían memorables si, en la suerte suprema, acertara la estocada. ¿Cómo esperar un volapié de quien, a través de «una rendijita», aspira a colar sus gallos en la prenavideña merienda roja?   Ojalá no nos sorprenda con un desplante mayor el dos veces gobernador de Miranda y entonces la gata se suba a la batea. Ledezma y Velázquez vapulearon su decisión de cohabitar con la dictadura. Aun así, es pieza valiosa en el ajedrez del cambio… o de la continuidad.

Juan Guaidó no es un enigma ni una abstracción. Tampoco un libro abierto. Esbelto como una escultura de Giacomeiti, tiene un je ne sais pas quoi de El grito de Edvar Munch.  Aunque todavía goza de sus 15 minutos de fama, pasó de ser figura estelar de atropellado verbo a punching ball y pagapeos de la ultraoposición pura y dura. Es censurado por no haber puesto fin a la usurpación y no llevar a cabo, con el concurso del Parlamento legítimo, la designación del CNE. No lo hizo y se le acusa de complicidad, por omisión, de los comicios del disimulo en ciernes, a pesar de su llamado a desconocerlos. Su gestión internacional es digna de encomio, no así su desempeño interno. Errores de cálculo, optimismo extremo y amistades peligrosas conspiraron y conspiran en su contra. Y para colmo, la pandemia.

El interinato está pidiendo pista y corre el riesgo de reducirse a un simbólico gobierno en el exilio. En los próximos noventa días convendría aferrarse a la realpolitik, para usar el término acuñado por Bismarck, dejando de lado escrúpulos y melindres, pues, en las actuales circunstancias, la política doméstica aconseja pragmatismo y su ejercicio no puede seguir basándose en consideraciones ideológicas y valoraciones morales. Ya Maquiavelo recomendaba al príncipe utilizar el mal para hacer el bien. Si realmente estamos interesados en salir de Maduro y su banda de corruptos y corruptores es preciso pactar hasta con el diablo. Sin distancia ni categoría. Rómulo Betancourt y Miguel Otero Silva, por ejemplo, se juntaron con Urbina para combatir a Gómez. En la Junta Patriótica de 1957 convivieron adecos, copeyanos, urredistas y comunistas en torno a un objetivo específico: derrocar a Pérez Jiménez.  Guaidó, María Corina y Capriles podrían, ¿por qué no?, integrar un triunvirato de transición. Soñar no cuesta nada, aunque, «los sueños, sueños son». ¿No es así, Calderón?