“Artesanías la Cazuela” testimonio y experiancia de la industria cultural desvanecida por las balas en Cumaná

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Segunda parte

Mis empleos en Fundacomun y Evenar C.A. serían de gran aprendizaje; pero también, de mucha decepción, al descubrir el trasiego de privilegios políticos, corrupción e indolencia a la que estaban sometidas. Los inquebrantables valores de mi padre sobre la honradez y la necesidad de ser una buena persona, me hicieron replantear el escenario de opciones laborales: Sería el momento de marcar el retiro definitivo de la administración pública, poniendo la vista en la iniciativa personal.

Las artesanías y el arte popular han sido frecuentemente usados para exaltar el nacionalismo por la simbología de su carga cultural, sin reparar mucho en las depauperadas condiciones de sus creadores. Son conceptos complejos que arropan una extensa variedad de aspectos, algunos, relativamente confusos como la idea de la tradicionalidad y su conexión con el pasado, dándole a la etnología, la historia y la economía, un mundo insospechado de relaciones y temas de interés. Su adaptabilidad y permanencia en el tiempo se deriva del conocimiento de las disponibilidades de materias primas en un territorio y el desarrollo de tecnologías para su aprovechamiento. Como es un proceso dinámico, la función y el diseño de los objetos creados, van cambiando según los usos y gustos de las capas medias y altas de la sociedad.

Tienda de artesanía la Cazuela Narciso y Mirian Pérez, con el empresario LuisMarquez +(QD)

La versatilidad del pequeño taller, asiento de habilidades y conocimientos transmitidos por el parentesco, le da a vastas zonas económicamente deprimidas, particularmente entre poblaciones indígenas y campesinas, una última trinchera de sobrevivencia. Al ser expresiones antiguas, están ligadas a su origen, mostrando el encanto de su diferenciación frente a los productos genéricos de la sociedad industrial. Conocer los portadores de éstos oficios y aproximarme al mundo de sus pequeñas factorías, fue una experiencia importante.

Mi padre me había ayudado a comprar un pequeño camión y con el apoyo de un nuevo catastro de artesanos y un mayor examen de las zonas productoras, inicié los contactos cautelosamente. Al principio, como buhonero, esperando las temporadas para armar en las playas y plazas las expo ventas; luego, decidido, abrí “Artesanía la Cazuela”, nuestra primera tienda. Fue un paso trascendente, sosteniéndonos con relativo éxito durante veinticinco años cuando el declive de visitantes extranjeros y el robo de nuestro vehículo de transporte, acrecentó las dificultades hasta dejar la actividad.

Muestras de Cleto Rojas, Pitor Naif

Una tienda de artesanía debe tener el suficiente impacto visual para cautivar a su entrada, atrapando y desconcertado al cliente por la magia de sus objetos, haciéndolo sentir permeable a sorpresas y revelaciones. Por ello, debe haber una combinación acertada de productos utilitarios, ceremoniales, decorativos y arte popular. Los sombreros de fibra toquilla, la bisutería de plata de Taxco, Mapuche o Bali; los hermosos tapices y atuendos femeninos Wayuu, la cerámica esmaltada y la terracota tradicional, los espejos Cajamarquinos, las tallas de San Juan de Ibarra y tejidos de Otavalo; las Molas nicaragüenses, la talabartería, baúles, retablos y fachadas; el hierro forjado o su combinación con aguamaniles y piezas para baño; los textiles de Tintorero e instrumentos musicales; las Quimbaya de Armero o los juguetes infantiles, son un universo de muestras constreñidas en un espacio, mostrando sus decantados diseños con el fin último de cautivar un público deseoso de agregar a sus hogares, objetos exclusivos que realcen su estatus y gozo.

La apertura de la tienda fue una combinación de dos hechos afortunados: el primero, mi desempleo, obligándome a montar expo ventas en el Boulevard Sucre, relacionándome con sus vecinos hasta conseguir un pequeño local acondicionado sin mayores anaqueles, con una pequeña gaveta de madera como caja registradora y una ubicación estratégica; lo segundo, quizás lo más importante, por mi relación con productores que empezaban a experimentar el éxito de sus colecciones en el mercado, al aumentar los flujos de visitantes y turistas. Un demanda inusual que revolucionó la cantidad y calidad de la oferta local, destacando los cocos tallados de Juan Peña, la muñequería en Cerezal, la reactivación de la cerámica tradicional en Manicuare, las arpitas de Alexander Caraballo y su éxito como suvenir; el uso ampliado de conchas y otras materias primas de origen marino; los rostros y las viviendas indígenas de Greis García y José Olmedo; los collares de Yesenia Fuentes, móviles y dragones de su esposo Rubén Fuentes; las plumillas de Gamboa y la pintura naif al lado de la fabricación de loterías de Luis Hurtado; el cacao y los saquitos gourmet; Troll, produciendo pájaros al lado de otros talleres en el rubro de la madera y color.

La transformación del diseño impacto la forma, color y textura de los productos, un proceso a escala nacional que tuvo su contrapartida en el ámbito local. Las nuevas materias primas y la búsqueda de innovadores elementos de expresión, facilitó el tránsito del objeto artesanal como valor de uso, al goce estético, adicionando argumentos para la elección del consumidor y su identificación. Sin perder sus raíces culturales, un grupo de artesanos locales, en un período de no más de tres años, acarició los espacios de la viabilidad económica mediante una reflexión total que involucró al hombre, el mercado, el medio natural y el objeto creado.

Sin embargo, aun con el poderoso atractivo de nuevos productos y la revelación de sus innovadoras formas, resultaba insuficiente frente al reto de sostener la demanda de sus colecciones. Después de años de trabajo en el medio, descubriríamos la necesidad de hacerlas acompañar con el poder vibrante de la pintura naif, llenas de enigmáticos personajes y misteriosas selvas de intenso colorido o sus fantásticos sueños bosquejados con encanto infantil; por no hablar de la imaginería religiosa, con la policromía de la celebración y el festejo. Solo así, con la fuerza expresiva de su conjunto, una tienda de artesanías logra completar una adecuada y vigorosa oferta de éxito.

Apartarse de lo genérico y sintonizarse con los valores estéticos y deseos de un cliente regularmente culto, ansioso de muestras con refinamiento y sofisticación, produce la ansiada conexión. Por eso, la importancia de una oferta con un amplio espectro de opciones y atributos. Tal variedad y calidad solo era posible mediante un gran esfuerzo de investigación de productores y rutas, de acopio y visitas a los artistas populares y sus talleres. Resultaba agotador los cientos de kilómetros recorridos hasta lograr una carga rentable permitiendo compensar el esfuerzo y los costos del periplo. Una vez consolidado la recolección por antiguas rutas de comercio colonial donde se conservaban tradiciones campesinas del oriente y sur del país; pasamos a occidente, hasta el Estado Lara, rico en imaginería, textiles, cerámica e instrumentos musicales, agregando la oferta necesaria para mantenernos en la cima de las preferencias del público.

El acopio indígena era lo más difícil e impredecible. Sus rutas de acceso, los ciclos de siembra complementarios a la actividad artesanal y el enorme reto logístico para acceder a sus remotas comunidades, hacían azaroso la obtención de sus productos. Solo los makirirares y los wayuu se mostraban colaboradores y responsables. Esto nos obligó a hacer acuerdos con acopiadores locales que podían coordinar y esperar pacientemente sus entregas y pedidos. Alejando Carrasco fue uno de ellos, convirtiéndose en un proveedor confiable de artesanías Piaroas y Yanomami; hermosas, escasas y ampliamente valorados en el mercado nacional: Las máscaras piaroas llegaban en un cuidado embalaje desde el Territorio Federal de Amazonas, cajas acolchadas protegiendo objetos delicados y frágiles. Una etnia de la que empezamos a tener información de su cosmogonía por la revista Letras, del CONAC, donde Enrique Constanza tradujo por primera vez su poesía:

“Si tú me miras, soy como la mariposa roja que se posa en tus cabellos.

Si me hablas, soy como el perro que escucha.

Si me rechazas, soy como la canoa vacía que va por la corriente y se rompe contra la gran roca negra”.

Rostros de un blanco caliza y valor chamanico sobre un trenzado de fibras duras revestidas con cortezas. Las doradas cabelleras de moriche y los rasgos faciales de animales sagrados modelados con resina de pendare y acabados en tonos pastel, completaban un diseño de arcanos orígenes y enorme poder simbólico, contribuyendo notablemente a una puesta en escena de gran impacto visual.

Entre todas las etnias venezolanas quizás los Makirirares, asentados en Santa María de Erebato, eran los más depurados. Esta suerte de aristocracia étnica controlaba las rutas de comercio por el Kukenan en una larga ruta fluvial por el rio Caura, Paragua, Caroní y Cuyuni hasta el propio atlántico, gracias a la calidad y utilidad de sus artesanías; pero también, a su particular habilidad para la navegación fluvial y construcción de canoas, y al control del bejuco gigante, crecido exclusivamente en las faldas del majestuoso Marahuaca, requerido para fabricar las cerbatanas. Jean Marc Civrieux, nos revelaría magistralmente la universo de su cultura ensu libro Watunna. Sus jaribarus, con pensadores tallados y borlas de plumas, tambores, coronas y bancos; pero sobre todo, sus tejidos de mostacilla y cestería, exclusivamente femeninos, dibujando con exquisitez las figuras de su ritualidad, agregaban el poder de atracción de un mundo cándido y originario.

Mi mayor ventaja consistía en haber sido financiando por el Estado creando una relación con productores de zonas apartadas cuyas artesanías eran distribuidas por religiosos que hacían labor de caquetización o visitantes que se atrevían llegar a tan remotos lugares; un objetivo costoso y difícil, al intentarlo por cuenta propia. Haber nacido en la Guayana, asiento de la mayoría de estas etnias, manejar idiomas y posteriormente, residenciarnos en el turístico oriente, ayudó considerablemente al éxito de un proyecto, necesitado por la desconexión financiera y aislamiento físico de sus productores, de distribuidores que colocaran sus excedentes locales.

El cumplimiento de los acuerdos creaba la confianza necesaria para obtener sus preferencias: Conseguíamos la mostacilla, un producto usado en sus galas, valorado enormemente entre los indígenas; los asistíamos transportándoles los bienes requeridos, atendiendo sus demandas de dinero financiando sus ciclos de trabajo, en algunos casos, ignorando nuestras propias urgencias. Todo ello, creó la certeza de una relación duradera.

La regla de oro del mercado artesanal era la abundancia de productos en los sitios con disponibilidad de materias primas; y en contraposición, su escasa en zonas donde se expendían. Imperativo era acopiar con antelación si se quería satisfacer la demanda en las altas temporadas. Disponer de una producción escasa por su alternancia con el ciclo de siembra y cosecha frente a la competencia, con excelentes colecciones, pero solo de los sitios cercanos a su establecimiento, nos dio una ventaja invaluable.

Así, nuestro alcance fue creciendo hasta lograr acuerdos con proveedores internacionales y viajeros ocasionales a países con tradiciones artesanales como India, México y Perú o asistiendo a ferias internacionales donde concurrían talleres de renombre. Un paso importante fue el acceso al exclusivo segmento de las artesanías urbanas venezolanas, empezando con la cerámica esmaltada acopiada por Samuel García en la zona de centro y occidente del país; un ingeniero químico, con residencia en Barquisimeto que trabajaba en un importante laboratorio de Caracas. A su regreso los fines de semana, recibía de los prestigiosos talleres de Petra Bolívar, Raquel Perez, Pedro Barreto, Marta Cabrujas y un número de nombres más, una producción utilitaria de gran demanda, hermosamente decorada, elaborada para sostener su trabajo creativo personal cuya exposición y venta se hacía en galerías; un grupo de artistas del barro que habían asistido a un curso con esmaltadores holandeses en la década del setenta, elevando considerablemente su nivel de calidad. El gran aporte de Samuel García a la artesanía venezolana, apoyado en su exquisito concepto de belleza, fue descubrir la importancia de profesionalizar el mayoreo al adicionar tan solo un pequeño porcentaje de utilidad sobre el precio de costo en el taller, permitiendo la salida de grandes volúmenes de producción al darle a los comercializadores finales un margen de ganacia que compensaba su trabajo.

Otro elemento destacado fue el descubrimiento de las diferentes tipologías de clientes y productos demandados. El grueso de nuestras ventas se concentraban en el regalo para el público local y el suvenir con certificación de origen, especialmente los de origen indígena y la franelas estampadas en serigrafía para los turistas extranjeros. Su deseo de llevar muestras como remembranza del viaje, nos llevo a sugerir correcciones del tamaño y el peso de los productos a los talleres, al considerar la importancia del transporte final en la elección de compra. Fue el caso de las muñecas de Cerezal, originalmente de gran formato, adquiridas en principio solo por el mercado local: Al reducir su tamaño, cuidar la calidad y las degraciones tonales de las telas mejorando su compactación para resaltar sus rasgos, su demanda aumento significativamente.

La tienda fue convirtiéndose en un laboratorio de investigación donde concurrían artesanos, viajeros y distribuidores, profundizando el conocimientos sobre los gustos del público y otros elementos valiosos para su sostenibilidad, derivando las orientaciones requeridas para nuevas adquisiciones. Independientemente de su origen, un aspecto central destacaría por encima de todos, el diseño y sus valores intrínsecos: sus decorados y el color, los acabados y la calidad de sus materiales, la función y la forma, fundiéndose en la unidad de un concepto estético universal por encima de toda valoración referencial. La fuerza de irración derivada de dicha síntesis fue haciéndose el mayor de los argumentos, obligándonos a insistir en el cuidado de las variaciones en las colecciones elaboradas.

A diferencia de otros destinos como Margarita, donde la afluencia de cruceros era rutinaria, Cumana tuvo contados arribos; uno de procedencia francesa nos descubriría su enorme valor: en tan solo en media hora, en un improvisado puesto de venta en el muelle de Pto Sucre, logramos vender más de dos mil dólares, muy a pesar de invitarnos a última hora y colocarnos al final del muelle por considerarnos intermediarios. Fue una experiencia reveladora al ver bajar los turistas del barco y pasear por los diferentes bocas de expendios colocados en sitios privilegiados, pero sin los productos adecuados, continuando hasta el nuestro para adquirir los de su gusto, un asunto sobre el que se hizo comentarios llenos de resentimiento y mezquindad. Este no era un asunto menor: Las políticas públicas han estigmatizado la relevancia de los vendedores finales, al asimilarlos a conductas especulativas, desconociendo su importancia en la estructura económica. Un asunto en extremo negativo, al disponer el sector del transporte, vitrinaje y posicionamiento necesario para articular su producción a los mercados naturales, manteniendo operativos los talleres.

Artesanía la Cazuela abrió sus puertas en el año 1988 con inventarios exiguos pero novedosos, obligándonos a espaciar en sus paredes abundante cestería de Monagas y Sucre, en un intento por paliar el pánico al vacío. Su descubrimiento por un público necesitado de engalanar sus espacios, acostumbrado a unas mezclas de artesanías locales con yerbatería y sin la exhibición adecuada, la hizo crecer, mostrando rápidamente el éxito del proyecto. En la medida que se fue haciendo un nombre, al cuidar las colecciones ofrecidas y conjugar los elementos del rompecabezas, la tienda se convirtió en una referencia nacional permitiéndonos vivir con holgura, aunque solo hasta allí, sin la riqueza y la expansión que hubiera podido alcanzar con la apertura de la exportación a otros mercados internacionales. Un hermoso proyecto que nos dio satisfacción, dándole a la familia una ocupación con una clara división del trabajo, dejando bajo mi responsabilidad el acopio y el almacén, asumiendo mi esposa Lilia, por su manejo del idioma ingles y el encanto de sus afectivas maneras, la atención y venta a los turistas.

  
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Sobre el Autor

Luis Antonio Carvajal Chacón
Licenciado en Comunicación Social Universidad Cecilio Acosta del Zulia Locutor y Moderador de Radio y Televisión en el Estado Sucre CNP: 21.184